Desde hace más de diez años viajo regularmente a Marruecos, país vecino en el que, sin embargo, siempre he encontrado una cultura radicalmente diferente a la occidental en la que vivo, exactamente lo que buscaba.
Puede parecer increíble pero los escasos catorce kilómetros que separan Europa de África por el Estrecho de Gibraltar nos descubren en poco más de cuarenta minutos, en los modernos ferries que surcan la confluencia del Mar Mediterráneo con el Océano Atlántico, un auténtico pelotazo cultural ante el que habitualmente sólo experimentaremos dos posibles reacciones, o bien el enamoramiento instantáneo, o bien el más absoluto rechazo.
No pretendo aclarar, ni siquiera debatir, en este momento las múltiples elucubraciones que la lectura del párrafo anterior habrá evocado en el lector de este artículo (es preferible que cada cual trate de resolverlas por sí mismo visitando el país hermano, y si lo logra, por favor comparta su experiencia en este mismo foro), sino dar a conocer la magnífica labor que allí realiza Abdul Mounaim, artesano del cuero con quien en estos años he trabado una gratificante amistad.
Abdul vive en Chefchaouen, hermosísima población ubicada en la región del Rif, al norte del país, a tan sólo 120 kilómetros de Tánger, donde trabaja en un pequeño taller situado en la parte alta del pueblo. No me gusta viajar sólo pero he de reconocer que el viaje en solitario es una potente herramienta para hacer nuevas amistades, frecuentemente pasajeras por necesidad, pero a veces, como en el caso de Abdul duraderas a pesar de la distancia.

Chefchaouen, también conocido como Chaouen, Xaouen, etc.

En los alrededores de Chaouen

La animada plaza de Chaouen
Cuando vi a Abdul por primera vez trabajando en su taller tuve la sensación de que nunca podría pagar cualquiera de los objetos que elaboraba, pues el derroche de imaginación, esfuerzo y perfección con que dotaba a cualquiera de sus obras, unido a la calidad de los materiales que utilizaba y al carácter estrictamente manual de su trabajo los convertían en objetos casi de culto, totalmente fuera del alcance de un simple estudiante de derecho. Mi sorpresa fue mayúscula cuando Abdul se ofreció a hacerme una funda a medida para mi apreciada navaja suiza con cuero de la mejor calidad y a un precio que aún hoy me sonroja, casi me avergüenza, después de ver como se pasaba casi una jornada de trabajo completa castigando sus manos con útiles rudimentarios para realizar la mejor funda de navaja que jamás he visto y que, casi una década después sigue como nueva.

De camino hacia el taller de Abdul

Una calle de Chaouen
Luego supe que Abdul trabaja con otros colegas y desde su minúsculo taller puede preparar pedidos para su posterior exportación y venta en España y cualquier país del mundo y le propuse divulgar su trabajo a través de esta página, lo cual me complace enormemente porque le servirá para desarrollar su negocio, y a los potenciales compradores disfrutar de auténticas obras de arte realizadas totalmente a mano susceptibles de ser utilizadas en la vida diaria endulzando su existencia. Calidad e ingenio al alcance de la mano.
A continuación, algunos de los trabajos artesanales en cuero de Abdul. Fundas para navajas o cualquier objeto imaginable (las hace a medida por encargo), carteras, monederos, bolsos, cinturones, collares, anillos, zapatillas y sandalias, y un sin fin de artículos. Para contactar con Abdul puedes escribirle directamente a la siguiente dirección:
Abdul Mounaim Adroun Rue Lamtelaa / Quartier Andalous, 28 Chefchaouen (MARRUECOS) Tlf: 0021267550583. Si tienes algún problema, también puedes ponerte en contacto conmigo (Pablo Parrón) añadiendo comentarios al final de este artículo, que recibiré en mi correo electrónico.

Abdul, de rojo, trabajando con uno de sus colaboradores
Una amplia variedad de sandalias con diseño exclusivo y una gran variedad de colores a la carta. Por supuesto, todo en cuero de gran calidad y elaborado íntegramente a mano






Abdul nos muestra su amplio repertorio de bolsos. Completamente hechos a mano, desde los cierres hasta el trenzado de la correa. La pintura se prepara en una cubeta y luego se rocía en el cuero soplando con la boca a través de una especie de pipeta. ¡Ver para creer! La calidad del acabado es excepcional y cada bolso es único








Carteras y riñoneras

Monederos. Como se aprecia, la variedad es amplia pero lo que prima en cada modelo es fundamentalmente la utilidad







Fundas para navajas, el paquete de tabaco, encuadernado de libros, cofres de madera con forro en cuero...











Echando el cierre al taller tras un animado día de trabajo y ocio en Chaouen
servido por vertical
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En el verano de 2005 mi compañera y yo nos planteamos llegar a Atenas, cuna de la civilización occidental, partiendo desde Madrid y atravesando los Balcanes, en un viaje de casi 4.000 kilómetros. Si sumamos el kilometraje de las distintas visitas que llevamos a cabo y el recorrido de vuelta, la longitud total del trayecto se acercó finalmente a los 8.000 kilómetros. Todo ello en algo menos de treinta días, el periodo de vacaciones que afortunadamente disfrutamos juntos desde hace ya varios años.
El viaje fue concebido, y luego ejecutado a rajatabla, en varias etapas con paradas en las ciudades más representativas del recorrido y que más nos apetecía conocer: Venecia, Split, Dubrovnik, Mostar, Sarajevo, Ohrid y Atenas. El trayecto atraviesa nueve países (España, Francia, Italia, Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia, Montenegro, Macedonia y Grecia), a los que añadimos breves incursiones en Mónaco y Andorra. También hay que atravesar la región de Kosovo bajo control de la ONU, aunque políticamente es territorio serbio. Aunque el trayecto más directo desde Bosnia-Herzegovina hasta Grecia atraviesa Albania, la situación política, económica y social de este país nos hizo optar por desviarnos ligeramente hacia el este para alcanzar Grecia desde Macedonia. El no haber podido visitar ciudades como Tirana o Gjirokastër es una buena excusa para volver por la zona en un viaje que, dejemos correr la imaginación, podría comenzar en Albania para continuar por Grecia, Bulgaria y Turquía.
Si quieres ahorrarte el rollete al final encontrarás datos prácticos del viaje. Si te interesa, a continuación tienes una breve descripción de nuestra pequeña aventura.
Antes de nuestra salida, y dado el escaso tiempo de que disponíamos para realizar un viaje tan largo, establecimos varias etapas y fijamos los lugares concretos en los que queríamos detenernos, conscientes de que dejaríamos sin ver un montón de lugares interesantes. Además dejamos un par de días de margen para posibles eventualidades. Las etapas fueron las siguientes:
- Madrid-Marsella (1.107 kilómetros).
- Marsella-Venecia (778 kilómetros).
- Venecia-Paklenica (Croacia; 408 kilómetros).
- Paklenika-Costa Dálmata-Split (166 kilómetros).
- Split-Dubrovnik (212 kilómetros).
- Dubrovnik-Mostar-Sarajevo (Bosnia-Herzegovina; 276 kilómetros).
- Sarajevo-Ohrid (Macedonia; 640 kilómetros).
- Ohrid-Meteora (Grecia; 291 kilómetros).
- Meteora-Atenas (365 kilómetros).
- Atenas-Península del Peloponeso (Stoupa; 279 kilómetros).
- Patras-Venecia (en barco; unas 35 horas).
- Venecia-Andorra (1.230 kilómetros).
- Andorra-Madrid (613 kilómetros).
El recorrido desde Madrid hasta Venecia transcurre íntegramente por autovía, con los consabidos peajes. En el primer día del viaje nos aproximamos hasta las cercanías de Marsella, donde pernoctamos en una de las áreas que encontramos cada 30 o 40 kilómetros en las autovías francesas. No es difícil haber escuchado todo tipo de historias sobre la peligrosidad de pernoctar en estas áreas debido a la existencia de bandas que asaltan los vehículos para robar a los viajeros. En mi caso personal puedo decirte que he dormido en estas áreas en multitud de ocasiones como motivo de otros viajes, sobre todo a los Alpes, sin haber tenido jamás el más mínimo problema, lo cual no significa que la prudencia y el sentido común no deban estar siempre presentes.
Al día siguiente partimos para Venecia. La frontera entre Francia e Italia consiste en un simple cartel similar a los que encontramos en España cuando pasamos de una provincia a otra. Ni siquiera quedan los restos de antiguas aduanas, como sí sucede en la frontera franco-española, todo un avance que debemos reconocer al proceso de integración europea. Llegamos al atardecer con un tiempo de perros y nos instalamos en uno de los muchos campings que encontramos en Mestre. A Venecia, por razones obvias, no se puede acceder con vehículo particular por lo que es necesario dejarlo aparcado en Mestre, población cercana a Venecia donde se han creado grandes parkings para este menester (con precios, por cierto, de escándalo). Otra opción es instalarse en un camping en Mestre con lo que el aparcamiento del coche lo tenemos solucionado dejándolo en el propio camping.



El famoso puente de los suspiros (hay que pegarse con el público para poder hacerse una foto)

La Plaza de San Marcos, inundada por la tarde
Ninguno de los dos esperábamos tanto de Venecia. Sí, está atestado de turistas y es carillo, pero tiene un encanto difícil de igualar. Resulta cuanto menos curioso ver a los venecianos montar en los vaporetos (especie de barco que hace las veces de nuestros autobuses urbanos) con el carrito de la compra y no es difícil apartarse del bullicio a poco que nos alejemos de la zona de San Marcos y nos adentremos en las intrincadas callejuelas y canales de la ciudad. Dicen que en Venecia huele mal a causa de la escasa renovación del agua de los canales. No se si será porque llovía el día que nosotros estuvimos allí pero desde luego no pudimos apreciar los supuestos hedores venecianos. Lo que sí pudimos comprobar es que la Plaza de San Marcos efectivamente se está hundiendo. Por la tarde, como consecuencia de las mareas, la plaza se inunda y puede llegar a ser necesario descalzarse para atravesarla o tomar un café en cualquiera de sus terrazas, nada recomendable a menos que quieras dejarte una pasta.

El Gran Canal

En las callejuelas de Venecia

Otra toma de San Marcos
De Venecia continuamos nuestro viaje con intención de llegar a uno de los Parques Naturales más conocidos de Croacia, Paklenica Nacional Park. Para ello hay que atravesar Eslovenia donde encontramos la primera frontera en la que tendremos que parar para identificarnos. Eslovenia es un pequeño país montañoso del que son naturales reputados escaladores y alpinistas, muy bonito y parte de la Unión Europea desde el 1 de mayo de 2004, aunque aún no forma parte de la Unión Económica y Monetaria. Entramos por tanto en territorio de la antigua Yugoslavia, de la que Eslovenia se separó en 1991, al comenzar la guerra. El rápido reconocimiento de la independencia de Eslovenia por parte de la Unión Europea al poco tiempo, probablemente evitó que la cruenta guerra desatada en la antigua Yugoslavia se extendiera al territorio esloveno, pese a lo cual, su economía se vio seriamente resentida.
No paramos en este país pues el tiempo no nos lo permite y enseguida llegamos a la frontera con Croacia. El jaleo de fronteras y peajes nos hace cometer el pequeño error de pensar que estamos llegando a un peaje y entregamos la tarjeta de crédito al policía de la aduana. El policía, muy simpático y evidentemente adiestrado para atraer al turismo, nos pide los pasaportes, que simplemente verifica sin poner ningún sello y nos abre las puertas de su hermoso país.
La moneda croata es la Kuna, que se divide en 100 Lipas. Lo primero que se advierte al entrar en Croacia es un nivel de desarrollo que en ningún momento hubiéramos imaginado en un país implicado en una guerra desastrosa hasta hace tan sólo 10 años. Croacia declaró su independencia de Yugoslavia en 1991. Hasta 1995, tras cuatro años de guerra, no pudo recuperar el territorio de Krajina, de mayoría serbia, que se negaba a aceptar la secesión, y hasta 1998 no recuperó la región de Eslavonia, también opuesta a la secesión, aunque esta vez de forma negociada con Serbia. A pesar de la cercanía de la guerra, no pudimos apreciar prácticamente ningún resto de la misma, ni en los edificios ni en la gente con la que tuvimos contacto. Sólo algún edificio aislado en Split y el plano que hay a la entrada de la muralla de Dubrovnik en el que se señalan los impactos de mortero que literalmente arrasaron la ciudad dan testimonio de la guerra.
Paklenika Nacional Park, cercano a la ciudad de Zadar se ha convertido en una zona típicamente turística, con niveles totalmente europeos (en calidad y en precios). La entrada al parque tiene un pequeño coste que se aplica a su adecuado mantenimiento. Es un paraíso para el escalador en el que encontraremos vías deportivas de todos los niveles así como grandes vías clásicas de varios largos, destacadamente en el Anika Kuk. Es alucinante ver a familias enteras escalando vías de gran dificultad, lo que denota una gran afición por este tipo de actividades.

Zona de escalada nada más entrar en Paklenica National Park

Mari Jose escalando en Paklenika
En Paklenika también puede visitarse la cueva de Manita peć, interesante pero tan escasamente iluminada que difícilmente puede apreciarse toda su belleza. A la entrada del parque hay algunos bunquers utilizados por el ejército croata como refugio en la guerra.

Camino de Manita peć
En el pueblo de Starigrad, justo a la entrada del Parque Nacional hay varios campings situados prácticamente en la misma línea de playa y enfrente varias pequeñas islas con playas que merece la pena visitar. Nosotros estuvimos concretamente en la Isla de Pag a la que se puede acceder en coche por un puente al sur que la une con el continente. Para retornar al continente se puede volver con el vehículo por el mismo camino o tomar un ferry que por pocas Kunas nos deja unos kilómetros al norte de Paklenica.

Atardecer en la Isla de Pag
De Paklenica nos dirigimos hacia Split. Se trata de una pequeña ciudad cuya parte antigua impresiona por el estado de conservación de las ruinas de la ciudad romana que hace siglos se construyo en este mismo enclave.


Dos vistas de la mágnifica torre del Palacio de Adriano, en Split
El trayecto entre Split y Dubrovnik se desarrolla por la Costa Dálmata y es realmente impresionante. Veremos una sucesión de pequeños pueblos, calitas, lagos, en el que fue uno de los tramos más bonitos del viaje. Antes de llegar a Dubrovnik hay que atravesar la frontera de Bosnia-Herzegovina para encontrar nuevamente la frontera croata pocos kilómetros más adelante y llegar finalmente a la “Perla del Adriático”. Esta denominación nos da una idea de la belleza de la ciudad.

Panorama de la Costa Dálmata
Lamentablemente, Dubrovnik quedó arrasada tras la guerra en la antigua Yugoslavia. A pesar de ello, se ha llevado a cabo una reconstrucción que no es exagerado calificar como prodigiosa y en la actualidad no se aprecia prácticamente ningún resto de la contienda. Los alrededores de la ciudad cuentan con playas muy agradables en las que podremos practicar cualquier actividad acuática y tomar el sol con total libertad. El nudismo es muy practicado en Croacia. El camping en el que nos instalamos tenía unos servicios excelentes, lo que vuelve a recordarnos que estamos en un país muy desarrollado. Lo repito insistentemente porque, al igual que nosotros antes de visitar la zona, supongo que el viajero podrá tener una idea de Croacia muy distante del nivel de vida de la Europa “desarrollada”.

Vista de Dubrovnik desde dentro de la muralla

Uno de los pocos edificios de Dubrovnik que en 2005 todavía no habían sido reparados tras la contienda

Vista de Dubrovnik desde el punto más elevado de la muralla, con la isla de Lokrum al fondo
La muralla de Dubrovnik tiene fama de ser una de las más bonitas del mundo. Previo pago, como prácticamente todo en Croacia, puede darse un paseo por la muralla, que encierra totalmente la ciudad, y desde donde tendremos las mejores vistas de la misma. No es difícil adivinar qué tejados han sido reparados tras la guerra y cuáles conservan sus tejas originales. No podemos imaginar la belleza de esta auténtica perla con el color de los tejados originales y debido a la estupidez humana nunca la volveremos a contemplar en idéntico estado. Desde casi cualquier punto de la ciudad también podemos ver la colina desde la que se lanzaron la mayoría de los obuses que arrasaron Dubrovnik, con una gran cruz en su cima.

Dubrovnik, la "Perla del Adriático"


Plano situado a la entrada de Dubrovnik en el que se señalan los impactos de mortero que destrozaron la ciudad entre 1991 y 1992

"Placa", la calle principal de Dubrovnik

Puede apreciarse la clara diferencia entre las tejas antiguas, de las que casi no queda ninguna, y las colocadas tras la reconstrucción de la ciudad

Paseando por la muralla de Dubrovnik
Del bullicio formado por las hordas de turistas que en la actualidad, en vez de las bombas, invaden la ciudad, pasamos a las castigadas tierras de Bosnia-Herzegovina.
Bosnia-Herzegovina proclamó su independencia en 1992, tras referéndum ganado por mayoría aplastante, pero la mayoría del 30% de la población Serbia, con ayuda del resto de Serbios de la antigua Yugoslavia no lo aceptaron e iniciaron la agresión. La guerra duró tres años, del 6 de abril de 1992 al 14 de septiembre de 1995. El 21 de septiembre de 1995 se firma en París el Tratado de Paz de Dayton, que pone fin oficialmente a la guerra que, según estimaciones oficiales, causó 250.000 víctimas y 2 millones de desplazados.
Diez años más tarde, y a diferencia del territorio croata, el territorio de Bosnia-Herzegovina sigue marcado por las cicatrices de la guerra. El actual gobierno del país ha adoptado un complicado sistema de representación que pretende satisfacer a todas las comunidades y el territorio está dividido administrativamente en dos, la Federación de Bosnia-Herzegovina, de mayoría musulmana y croata, y la República Srpska, de mayoría serbia.
En la frontera entre Croacia y Bosnia nos piden por primera vez la carta verde del vehículo. Los pasaportes simplemente los revisan pero no ponen ningún sello. La sola visión de la garita fronteriza anuncia que entramos en un país devastado muy diferente de todo lo que hemos visto hasta este punto. Pocos metros después de la frontera vemos un grupo de soldados del contingente español fumando un cigarrillo bajo un árbol al lado de sus tanquetas. Poco más adelante unos cachorrillos de perro lamen los restos ensangrentados de su madre atropellada con riesgo de morir todos ellos igualmente aplastados bajo las ruedas de cualquier vehículo. La carretera estrecha nos lleva hacia Mostar.
Mostar, como todo lo que vimos en Bosnia, tiene un encanto especial. En el ambiente se respira una agradable mezcla entre las culturas occidental y musulmana. El drama de la guerra es patente mires a donde mires. Cientos de carteles anuncian el peligro de derrumbamiento de edificios semidestruidos por obuses y disparos. Sin embargo, la parte antigua de la ciudad está reconstruida y cuenta con bazares y pequeños establecimientos en los que degustar comidas turcas. El histórico Stari Most o puente viejo que atraviesa el Neretva fue totalmente destruido en la guerra por obuses croatas. El puente ha sido reconstruido y se ha convertido en un auténtico símbolo de la reconciliación en Bosnia. De todas formas, las tensiones no desaparecerán en muchos años. Al igual que en Dubrovnik, desde Mostar se divisa una colina con una cruz en la cima, desde la que en la guerra se bombardeó insistentemente la ciudad. Esporádicamente se ve a algún soldado de las fuerzas internacionales por las calles de la ciudad. Pese a todo, en ningún momento tuvimos sensación de inseguridad. La gente en general es muy amable aunque la tristeza se palpa en muchos rostros.


El hermoso "Stari Most" o puente viejo sobre las limpias aguas del río Neretva, tal y como quedó antes de desaparecer definitivamente en noviembre de 1993 al ser alcanzado por un obús (foto de arriba) y tal y como ha quedado tras la reconstrucción (foto de abajo, aunque ya nunca será el mismo)








Ruinas, la imagen más repetida en Mostar, aún en el año 2005

Carteles que avisan del riesgo de derrumbamientos. En 2005 podían verse casi en cada esquina de la ciudad

En el barrio turco de Mostar
Tras pasar el día en Mostar, nos ponemos en camino dirección Sarajevo, la capital de Bosnia-Herzegovina. Los túneles de la carretera son frecuentes debido al terreno montañoso que atravesamos y su completa falta de iluminación es un peligro para la conducción. La llegada a Sarajevo nos deja atónitos. El panorama es similar al de Mostar pero en una ciudad de 500.000 habitantes. El 90% de los edificios están dañados por los obuses. En algunos se han tapado los agujeros de las fachadas pero la mayoría siguen agujereados, algunos totalmente destruidos. En la carretera del aeropuerto los obuses en la calzada han dejado unas marcas que en la actualidad se conocen, no sin cierto sarcasmo, como las “rosas de Sarajevo”. Algunos carteles avisan del peligro de las minas y existe un centro en el que informan sobre estos detestables cacharritos. Parece mentira que estemos en la misma ciudad que en 1984 fue sede de los Juegos Olímpicos de Invierno. Las pistas de esquí de Jahorina se encuentran muy cerca de la ciudad.










Calles de Sarajevo en agosto de 2005 (imágenes superiores) y las "Rosas de Sarajevo" (imágenes inferiores)



Las "Rosas de Sarajevo", cicatrices de los obuses en el asfalto de la ciudad
En la entrada de Sarajevo paramos a repostar en una gasolinera y flipamos. El empleado no nos deja ni apagar el motor. Hay una cola de coches considerable y trabajan a toda máquina. Para pagar se admiten euros sin ningún problema, tanto en la gasolinera como en el resto de establecimientos de la ciudad. Enseguida encontramos alojamiento en una oficina a la entrada de Bascarsiya, el barrio turco de la ciudad. El encargado, monta con nosotros en el coche y nos lleva a la casa donde pasaremos los próximos días. Nada más entrar vemos una gran bandera de los Estados Unidos. En general la población parece estarles agradecidos por haber iniciado los bombardeos contra los Serbios que precipitaron el final de la guerra. En el trayecto pasamos al lado de un gran cementerio en el que se apilan miles de tumbas. Luego comprobaremos que no se trata de un cementerio sino de un parque que tuvo que ser utilizado durante el asedio de Sarajevo para enterrar a los muertos. No queda un solo parque o jardín de la ciudad que no haya tenido que ser utilizado como cementerio. Es terrible acercarse a las lápidas y comprobar que la mayoría corresponden a fallecidos entre los años 1992 y 1995.



Los parques y jardines de Sarajevo se convirtieron en cementerios durante el asedio de los radicales Serbios
Al día siguiente damos un paseo por el barrio turco, Bascarsiya. Es una delicia. Está reconstruido y el turismo empieza a revitalizarse a pasos de gigante. Se respira un ambiente moruno que a los dos nos encanta. La comida es deliciosa. Por la tarde hacemos una pequeña ruta por los cuatro edificios más representativos de las distintas religiones que conviven en Sarajevo: la sinagoga judía, la nueva catedral ortodoxa, la antigua catedral ortodoxa, la catedral católica y la gran mezquita.



Paseando por Bascarsiya, el barrio turco de Sarajevo, una auténtica delicia en todos los sentidos
En la siguiente jornada paseamos por la carretera del aeropuerto, donde los francotiradores hicieron un auténtico escarnio durante la guerra. Ni siquiera el Holiday Inn se salvó de los morteros. Todavía se observan sus impactos en la zona superior. El Holiday Inn fue el hotel en el que se alojó la prensa internacional durante el conflicto. Es fácilmente identificable por su color amarillo. Se pintó de este modo para evitar que fuese bombardeado gracias a su mejor visibilidad. Los coloridos tranvías de Sarajevo circulan para acá y para allá dando a la ciudad una vitalidad que contrasta con el estado de sus edificios. A pesar de todo hay multitud de tiendas de firmas internacionales con precios similares a los de España. Los contrastes te dejan un poco embobado pero Sarajevo es definitivamente una ciudad para vivir: una población no demasiado elevada, servicios de todo tipo, aire puro gracias a la cercanía de las montañas y una mezcla entre los mundos musulmán y occidental que resulta casi mística, lo que resulta tremendamente paradójico después de una guerra tan cercana. Sarajevo reúne todos los elementos para plantearse la vida de otra forma, rebelarse ante las injusticias, disfrutar el presente de acuerdo con las propias convicciones y dejando a los demás que hagan lo mismo, y asentar en nuestras mentes el optimismo como medicina que puede curar todos los males. Nos encantó.

El hotel Holiday Inn, refugio de la prensa durante el conflicto


Cartel en memoria de fallecidos en combate en las calles de Sarajevo (izquierda) y entrada del Mine Action Centre donde se informa del peligro de las minas todavía activas en todo el territorio de Bosnia-Herzegovina (derecha)


Los alegres tranvías de Sarajevo
Las siguientes palabras de Javier Reverte, escritor, periodista y viajero cuyos libros nunca me han dejado insatisfecho, expresan con acertada claridad el horror del sinsentido de la guerra. Aparecen en un artículo publicado en el El País Semanal nº 1566, del domingo 1 de octubre de 2006, pág. 35, titulado “Un adicto a los viajes” cuya lectura completa es más que recomendable.
“Quizá el viaje periodístico que más hondamente me caló, como a muchos otros informadores, fue el que me llevó al Sarajevo cercado por los radicales serbios en 1992. Nunca he sido ni he querido ser un periodista especializado en conflictos bélicos, eso que llaman corresponsal de guerra, pero me he asomado a algunos de ellos por necesidades del oficio y curiosidad intelectual. Creo que nada es peor que una guerra y que la peor de todas es la guerra civil, y que, en una guerra civil, lo más inhumano es una ciudad cercada por aquellos que, hasta unos días antes, eran vecinos de los asediados. Una mujer bosnia me entregó todo el dinero que tenía, cuando me disponía a viajar desde Split hasta Sarajevo, para que se lo diese a su marido –si lograba localizarle–, que se encontraba dentro de la ciudad. Le pregunté que cómo se arriesgaba a poner todo su dinero en manos de alguien a quien no conocía. Y ella respondió: “En este país hemos aprendido a confiar en los desconocidos y desconfiar de los conocidos”.
Las palabras de aquella mujer me revelaron el sentido final y más íntimo de lo que significa una guerra. La guerra es algo peor que la muerte; es la falta de fe en la vida civilizada y la negación del sentimiento del amor y de la amistad. En Sarajevo, las balas dejaban a diario decenas de muertos. En la llamada “avenida de los francotiradores” caían a menudo granadas de mortero en los tenderetes del mercado durante las horas de venta y en las colas de gente que esperaba para comprar el pan por las mañanas, y no quedaban huecos en los cementerios para nuevas tumbas. Pero lo más doloroso era la pérdida de la confianza en los seres humanos y en una existencia digna. La paz no es el contrario de la guerra; la guerra es el reverso de la dignidad humana y de la fe”.
La siguiente etapa de nuestro viaje consistirá en atravesar la República Srpska, entrar en Serbia, bajar hasta Montenegro, atravesar Kosovo y llegar hasta las cercanías del lago Ohrid en Macedonia. Este trayecto se complicó porque en Sarajevo perdimos la guía de viaje y en la República Srpska resulta imposible orientarse sin conocer el alfabeto cirílico. El exacerbado nacionalismo ha provocado que todas las señales de tráfico estén escritas en cirílico (ni siquiera en la propia Serbia son tan radicales con esta cuestión) por lo que resultaba imposible orientarse y aún más entenderse con la gente. Paramos sólo una vez y por señas unos amables serbobosnios intentaron darnos alguna indicación. Al final la brújula y los conocimientos de orientación ganados en terreno de montaña parece que sirvieron de algo y nos permitieron recorrer más de 900 kilómetros sin desviarnos de nuestro trayecto en ninguno de los múltiples cruces que encontramos hasta que llegamos a la frontera con Montenegro. Un año después de nuestro viaje Montenegro celebró un referéndum en el que se optó por la separación de Serbia y su constitución como un estado independiente. Ya entonces podía intuirse este resultado porque al llegar a Montenegro tuvimos que atravesar una frontera en toda regla, como si cambiásemos de país, lo cual no dice nada de las buenas relaciones entre dos territorios de un supuesto mismo Estado.
Atravesado Montenegro, se llega a Kosovo, provincia autónoma Serbia bajo control de las Naciones Unidas, donde las tensiones siguen siendo muy elevadas con los Serbios para la mayoría de la población de origen albanés. Al entrar en Kosovo lo primero que encontramos es una frontera controlada por la UNMIK (United Nations Mision in Kosovo). Un soldado de la ONU de origen hindú, en un inglés exquisito (todo un alivio después de muchos kilómetros sin poder cruzar palabra con nadie) se muestra muy interesado por nuestro viaje y nos desea suerte mientras rellena los documentos que nos servirán como salvoconducto para los posibles controles de la ONU que encontremos en Kosovo. Es de noche y de Kosovo vemos poca cosa. Al ver en la carretera los carteles que indican que pasamos al lado de Pristina, capital de Kosovo, el recuerdo de las noticias que escuchamos en la radio hace pocos años vuelve a nuestras cabezas. En Kosovo la guerra no terminó hasta que en 1999 la OTAN empezó a bombardear las posiciones serbias y se impuso la presencia de las Naciones Unidas para evitar más atrocidades. La tensión hoy en día sigue siendo muy alta, de lo que es indicativo el hecho de que en las carreteras podemos encontrar continuamente referencias al tonelaje máximo que soportan las carreteras y puentes para que pueda ser considerado por los tanques y carros de combate que circulan por toda la provincia. Atravesamos Kosovo sin mayores complicaciones. A la salida nos piden el salvoconducto de la ONU y entramos directamente en Macedonia.

Control de la ONU a la entrada de Kosovo
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Salvoconducto de la ONU para atravesar Kosovo expedido a nombre de María José Porro
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Salvoconducto de la ONU para atravesar Kosovo expedido a nombre de Pablo Parrón

¡Señales de circulación para los tanques!
En la frontera macedonia es en la única de todas las que atravesamos en nuestro periplo en la que nos sellan el pasaporte. Macedonia en realidad se llama “Antigua República Federal Yugoslava de Macedonia” porque tiene un conflicto con Grecia, que tiene una región que también se llama “Macedonia”. Encontramos algún peaje antes de llegar a Ohrid. Pagamos con euros y nos devuelven denares macedonios. Alucinamos cuando pagamos con sesenta céntimos y nos devuelven un montón de pequeños billetes. Luego, en Ohrid, veremos que Macedonia no es tan barato como parece. Lo más destacado de esta población es el gran lago de Ohrid, cuyo centro marca la frontera con Albania, por lo visto muy profundo. En el paseo del lago encontraremos todo tipo de diversiones y ofertas para navegar. Bonito pero muy turístico. Seguimos directamente hacia Grecia para disfrutar en las playas del Peloponeso nuestros últimos días de vacaciones.

En la orilla macedonia del Lago Ohrid, lago téctonico de gran profundidad y uno de los más antiguos del mundo

En la alegre, y turística, ciudad macedonia de Ohrid
Resulta agradable entrar de nuevo en la Unión Europea pero no comprendemos como Grecia puede formar parte de este proyecto frente a países como Croacia que nos parecen mucho más civilizados. Lo primero que observamos en Grecia es que la conducción es una locura, mucho más peligrosa que, por ejemplo, en Marruecos, donde no es ningún ejemplo de seguridad. El arcén se considera un carril más y si no lo utilizas como tal, el resto de vehículos se te echa encima como si les persiguiera el demonio.
De todas formas Grecia es una auténtica pasada para el experto en las civilizaciones antiguas. Resulta materialmente imposible parar en todos los lugares en los que perduran restos arqueológicos de interés.
Los primeros días en Grecia los pasamos en Meteora. Se trata de un conjunto de formaciones rocosas, únicas en el mundo, especialmente aptas para la escalada. Las vías en general son muy expuestas y la roca es una especie de conglomerado que se te queda en las manos a la mínima. Aun así la belleza del lugar es excepcional y es un paraje que no debemos dejar de visitar. Meteora es famosa por los monasterios que hace siglos se levantaron en algunas de sus cumbres. En la actualidad algunos monasterios se pueden visitar y toda la zona se ha convertido en una atracción turística de primer orden. Las poblaciones más cercanas son Kastraki y Kalampaka, donde encontraremos todo tipo de servicios.

Las paredes de Meteora invitan a escalarlas con solo mirarlas

Mari Jose firmando el libro de cumbre de una de las torres de Meteora

Rapelando en Meteora

Meteora es de esos lugares que atraen como un imán al amante de la escalada







Los famosos monasterios de Meteora
La visita de Atenas nos defraudó un poco. La Acrópolis no puede dejar de visitarse pero los griegos te cobran una pasta y los alrededores son un estercolero, algo inexplicable ante una obra arquitectónica de tal categoría. Por otra parte, el estado de conservación de las ruinas se aleja bastante de lo que imaginábamos, hasta el punto de que sólo auténticos entendidos sabrán valorar en toda su magnitud la importancia que algún día tuvieron.

El Partenón

Templo de Hefestos, en el Ágora Antigua, visto desde la Acrópolis

Templo de Herodes Ático, en la ladera sur de la Acrópolis

El Arco de Adriano y el Templo de Zeus Olímpico, vistos desde la Acrópolis

Las Cariátides (son reproducciones, las auténticas están en el Museo de la Acrópolis, aunque sólo cuatro, otra se encuentra en el Museo Británico en Londres y la sexta desapareció hace siglos)
Por último, nos dirigimos hacia Stoupa, población al sur de la Península del Peloponeso, en cuyas playas pasamos los últimos días de viaje. En el camino se pasa cerca de Corinto, Olimpia, y un sin fin de ciudades que algún día tendremos que volver para visitar con la calma que merecen.

Disfrutando los últimos días del verano en las playas del Peloponeso
Para la vuelta, cogemos un barco en Patras, al Norte de la Península del Peloponeso, que en unas 35 horas nos deja en Venecia. En el camino de vuelta entramos en Andorra para hacer alguna comprilla y recordar los buenos momentos que pasamos en invierno en sus pistas de esquí y finalmente, llegamos a Madrid.
Después de un viaje así, la vida no puede ser la misma. Las reflexiones que necesariamente nos asaltan después de las experiencias vividas nos aportan pequeñas claves que utilizadas prudencia y tolerancia esperamos nos acorten el largo camino hacia la felicidad.
Datos prácticos:
- Pasaportes, visados: para entrar en todos los países a que hace referencia este artículo no es preciso obtener ningún visado para los ciudadanos de la Unión Europea. El pasaporte en vigor será suficiente. Únicamente nos sellaron el pasaporte en Macedonia, si bien habrá que exhibirlo en todas las fronteras a partir de Eslovenia. Si llevamos vehículo propio es imprescindible la carta verde, aunque sólo recuerdo que nos exigieran su presentación en la frontera de Bosnia-Herzegovina.
- Ferrys Grecia-Italia: hay otras compañías aunque aquí sólo se haga mención a la que nosotros utilizamos Minoan Lines, que permite reservar los billetes a través de internet. Especialmente en época estival es recomendable reservar los billetes para ferrys en Grecia con suficiente antelación.
- Para hacer los cálculos del viaje es muy útil la página web de ViaMichelin. Además de calcular los kilómetros nos indica el coste del carburante y la mayoría de los peajes.
- Precios orientativos. Para hacernos una idea del coste de la vida en los países por los que atraviesa este viaje incluimos a continuación un listado con precios de diferentes productos y servicios en el verano de 2005:
- Pluma de regalo comprada en venecia: 10€.
- Ticket de autobús para ir desde Mestre hasta Venecia: 1,50€.
- Camping en Mestre-Venecia (dos personas, tienda y coche): 24€.
- Entradas al Parque Nacional de Paklenika (Croacia): 40 kunas (1€ es igual a aproximadamente 7 kunas).
- Un par de tomates y una barra de pan en Croacia: 6 kunas.
- Ferry entre la Isla de Pag y el continente (Croacia) para dos personas y un coche un solo trayecto: 108 kunas. Jadrolinija Ferries es la compañía nacional croata de ferries pero no hemos encontrado su sitio en internet.
- Parking en Split (una mañana): 20 kunas.
- Una lata de Coca-Cola en Croacia: 7 kunas.
- Paseo por la muralla de Dubrovnik (Croacia): 30 kunas.
- Daga turca para regalo comprada en Mostar (Bosnia-Herzegovina): 7€.
- Camping en Dubrovnik (dos personas, tienda y coche, en un camping con servicios excelentes): 170 kunas.
- Hostal en Sarajevo (habitación doble con baño compartido): 24€.
- Ticket de un viaje en los tranvías de Sarajevo: 0,75€.
- Camping en Atenas (dos personas, tienda y coche): 20€.
- Entrada a la Acrópolis en Atenas: 12€.
- Guías de viaje: por supuesto hay muchas pero las de la Editorial Lonely Planet siempre nos han parecido especialmente útiles para el viajero independiente:
- Europa Meridional (Ed. Lonely Planet).
- Croacia (Ed. Lonely Planet).
- Grecia (Ed. Lonely Planet).
- Escalar en Meteora (Grecia): la guía más clásica se publica en varios idiomas a la vez (entre otros alemán, griego, italiano, inglés y francés, pero no en castellano). Nosotros la compramos en el Camping Kastraki a la entrada de Meteora. Realmente se trata de una misma guía que ha tenido varias ediciones sin que la posterior en el tiempo incluya el contenido de la anterior por lo que para tener todas las reseñas habría que comprar la publicada en 1986 (difícil de encontrar).

Ver también la página de Oreivatein.
- Escalar en Paklenica: no tenemos mucha información al respecto. La entrada al parque se paga y lleva un suplemento para quien quiera escalar por lo que las rutas deportivas suelen estar bien equipadas. Puedes echar un vistazo en esta página: http://www.aozeljeznicar.hr/old/paklenica/index2.htm
- Para cualquier otra información que precises no dudes en solicitarla a través del formulario que figura al final de esta página. Estaremos encantados de poder ayudarte.
Por último, como curiosidad, una muestra de las matrículas de todos los países atravesados en el trayecto Madrid-Atenas, más una de Albania que vimos en Macedonia.

España

Francia

Italia

Eslovenia

Croacia

Serbia

Macedonia

Albania

Grecia

Mónaco

Andorra
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